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El secreto para no pelearte nunca más



Es humano enfadarse, pasa hasta en las mejores familias, y no es raro perder los nervios de vez en cuando y acabar en una pelea. Las peleas siempre son desagradables, y especialmente cuando ocurren con personas a las que apreciamos.


Yo solía pelearme mucho cuando era más joven. Por suerte, con el tiempo he aprendido un truco fantástico para evitar cualquier tipo de pelea, y lo quiero compartir contigo.

¿Cómo manejar una situación en la que notas que te surge el enfado y que hay potencial de pelea? ¿Cómo evitarlo y manejarlo antes de que estalle? Recuerda que dos no se pelean si uno no quiere. Nadie puede obligarte ni forzarte a entrar en una pelea.


La primera medida básica es no responder en caliente, no reaccionar inmediatamente, sino permitirte unos momentos para calmarte y para reflexionar antes de decir cualquier cosa precipitadamente de la que luego puedas arrepentirte. Y no se trata de huir del conflicto, o sea, “para no pelearme, me doy la vuelta y me voy”. Al contrario, es importante afrontar este tipo de situaciones, pero siempre hacerlo con cabeza fría y con serenidad.


Si tienes a la otra persona delante y no puedes escabullirte de ninguna manera, explícale que quieres dialogar y resolver ese tema como personas civilizadas, pero que necesitas unos momentos para serenarte y pensarlo antes de hablar.


Yo utilizo algunas de las ideas de Marshall Rosenberg (que es el creador del modelo de comunicación no violenta), y lo primero que hago es ponerle nombre a lo que estoy sintiendo. Con frecuencia ocurre que no entiendes tú mismo lo que estás sintiendo, y eso lleva a muchos malentendidos.


Una vez que he puesto nombre a mis emociones, me hago consciente de que lo que estoy sintiendo no es responsabilidad de la otra persona. Lo cierto es que nadie puede hacerme sentir nada, todo lo que yo siento es siempre fruto de mi interpretación de lo que la otra persona ha dicho o ha hecho.


Entonces trato de entender cuál es mi necesidad en esta situación. Y mi necesidad nunca debe implicar a la otra persona. Por ejemplo: supongamos que me he enfadado con mi marido porque no ha lavado los platos. No es que esté furiosa con él porque necesito que él lave los platos, sino que me siento frustrada porque necesito poder cocinar sin esfuerzo.


Voy un paso más allá y trato de entender cómo se siente la otra persona y su necesidad. Sea lo que sea lo que la otra persona haya dicho o hecho, sin lugar a dudas está experimentando una serie de emociones incómodas porque tiene una necesidad no satisfecha, exactamente igual que yo. Me hago una idea de lo que le ocurre y le pregunto: “Oye, ¿te estás sintiendo así porque necesitas tal cosa?” Dejo que me explique y le hago más preguntas si tengo dudas.


A veces decimos: “No se puede hablar con esta persona porque no razona.” Debemos entender que una persona que reacciona con cólera en el fondo se siente amenazada, tiene miedo de no conseguir aquello que necesita, y la forma de calmarle y poder dialogar es empatizando primero con ella. Y lo haremos de una manera auténtica, no por hacerle la pelota y llevarnos el gato al agua.


Una vez que le he ofrecido suficiente empatía y el otro se va relajando y va viendo que quiero entenderle y ponerme en su piel, entonces puedo pasar a explicarle cómo me siento yo y cuál es mi necesidad, pero siempre sin responsabilizarle de lo que yo siento. Llegados a este punto, los dos estamos conectados en empatía y podemos empezar a buscar juntos una solución que nos beneficie a los dos.


Este truco es súper poderoso, porque, además, no dependes de que la otra persona lo entienda y lo quiera poner en práctica; con que lo pongas en práctica tú es suficiente para que funcione.


Sin embargo, no pelearse no significa que no haya más conflictos. Siempre vamos a tener conflictos, porque son una parte natural de la vida, especialmente con los más allegados; pero vemos que no es necesaria una pelea para solucionarlos.


Hay veces que estalla la pelea y no consigues evitarlo... Pero no pasa nada, en cualquier momento de la discusión en que te des cuenta y te acuerdes, empieza a practicar estas ideas. Aunque sea en mitad de la pelea: más vale tarde que nunca.


Con el tiempo y un poco de práctica, no sólo aprendes a manejar mejor esas potenciales peleas, sino que dejas de irritarte por cosas que antes te provocaban cólera. Supone una mejora enorme en tu calidad de vida.